La conversación con un clásico de la escena de Ostrava se extiende desde sus incursiones en la escena artística de Praga en los años noventa, pasando por la beca vienesa que le abrió las puertas de Europa, hasta la historia de su abuelo, un legionario enterrado en el Cementerio Central de Brno.
Nos conocimos en su exposición Game over en la Galería Municipal de Blansko, donde en cierto modo aborda el tema de la entrada en la jubilación. Contó que, de niño, a la pregunta «¿qué quieres ser?» respondía: jubilado. Entonces, ¿qué se siente al alcanzar la meta de su vida? ¿Es usted un artista feliz jubilado, y ha cambiado la jubilación algo en cómo y por qué crea?
Bueno, ese objetivo infantil se cumplió, por desgracia, solo con la vejez que se acercaba. Supongo que quería ser jubilado y económicamente independiente nada más salir del jardín de infancia. Terminé los estudios, tras diversas peripecias, hacia los 31 años. Después, tras año y medio dando clases en una escuela secundaria de artes aplicadas (SUPŠ), fui realmente jubilado (por invalidez) durante unos cinco años, recorriendo becas y residencias por Europa y Estados Unidos, exponiendo por todas partes y haciendo también mucha performance. Hacia 1996 fui, probablemente, el primero aquí en empezar a hacer impresiones digitales, y probé distintas formas de nuevos medios, sobre todo videoarte e instalaciones de vídeo, objetos, etcétera. Aunque resultaba bastante difícil, dado el estado, las prestaciones y la capacidad de la informática de entonces, a la que accedí en los noventa y en el cambio de milenio… Y ahora, jubilado, estoy hasta la coronilla de los ordenadores, así que me gustaría volver a la pintura y a hacer objetos… incluso la performance la estoy reduciendo.

Hoy la vida puede virtualizarse en exceso. ¿Qué es lo que concretamente le molesta de los ordenadores?
Bueno, todavía no soy de la generación que creció con los ordenadores, y me costó mucho comprender la lógica de comunicarse con ellos. Para mí se parece a comunicarse con los funcionarios, o a aquel diálogo del cuento de Hansel y Gretel: «Buena mujer, ¿han pasado unos niños por aquí?» – «Estoy escardando el lino, y cuando lo escarde lo tenderé a secar…», etcétera. Así que para mí fue mucho sufrimiento y muchas horas encorvado sobre un portátil que en 2002 costaba 85.000 coronas, lo que entonces era mi salario de medio año. Y tenía que ir a montar el vídeo a empresas especializadas, donde pagaba a los informáticos una tarifa por hora nada pequeña, porque la capacidad de mi ordenador de entonces era de 3,6 GB, mientras que un vídeo podía llegar a 6 GB. Y eso que en 1999 tenía un Macintosh G3 que costaba 130.000. Me lo compró entonces algún magnate de Ostrava a cambio de unos siete cuadros que le di por él. Así que «una lata de las gordas». Ni siquiera me apetecía aprender los programas básicos de Adobe, Microsoft, etcétera. Y cuando por fin los funcionarios se aparearon con los ordenadores y los metieron en sus despachos, aquello se convirtió en un doble infierno en la tierra. Con las solicitudes de subvenciones y su justificación, y más tarde también la docencia universitaria, todo se burocratizó, y no paraba de tener que rellenar algo en formularios y enviarlo a no sé qué funcionarios del rectorado y del ministerio, etcétera. ¡Un infierno! Así que al final mandé a paseo los Nuevos Medios… El artista y el funcionario no se entienden ni con la ayuda de un ordenador, ¿y por qué habrían de hacerlo?
Su trayectoria es excepcional también en que nunca se marchó «por el arte» a Praga: se quedó en Ostrava y en su región. ¿Qué lo retuvo aquí? ¿Y no le tentaba el centro, donde aparentemente se decide quién es un artista «grande»?
Bueno, en los noventa iba a Praga unas dos veces al mes, unos días cada vez, para abrirme camino allí, pero vivir allí no habría querido. Tuve la suerte de que se fijaran en mí, junto con otros artistas, también de fuera de Praga, los comisarios Jana y Jiří Ševčík, Lenka Lindaurová e Ivan Mečl, que me hizo el primer catálogo como suplemento de su revista Umělec (El Artista). Después ya me conocían todos y no tenía que ir a Praga tan a menudo. Soy un patriota local y quiero a Ostrava. Aquí nadie se hace el interesante ni oculta sus emociones, hay menos hipocresía, y para un observador – y un artista debería ser un buen observador – es más fácil entender muchas cosas. No digo que en Praga y en otros sitios no haya conocido a mucha gente estupenda, pero la estupidez y el gregarismo, entre otras cosas, se estudian mejor aquí, en nuestra Ostrava.

Rindamos homenaje a esos praguenses estupendos: ¿podría nombrar a algunos de sus amigos y decir qué le gusta de ellos?
Bueno, la mayoría de mis praguenses preferidos son, de todos modos, originarios de Moravia, salvo excepciones, y hasta esas tampoco eran originarias de Praga. Hice las pruebas de acceso a la Academia de Bellas Artes de Praga (AVU) en 1990; de 900 aspirantes, pasamos 60 a la segunda ronda. Me presenté al taller de pintura (J. Sopko, Načeradský y B. Dlouhý), y allí, en esos pocos días, conocí a Tomáš Vaněk, Roman Franta y Roman Trabura. Pavel Šmíd y Petr Pastrňák eran mis compañeros del grupo Přirození; ellos entraron después en la AVU, y en los noventa coincidíamos en exposiciones colectivas, sobre todo en Praga, y en simposios. Y mi primo Petr Lysáček era por entonces alumno de St. Kolíbal. Yo iba luego a visitarlos a la AVU y me encontraba allí también con M. Knížák, J. Sopko, Vl. Kokolia, J. Kovanda, etcétera. A los Ševčík me presentó Petr Lysáček. Hicimos juntos un vídeo a tres canales en una escombrera minera de Ostrava para la exposición Lo que queda (To, co zbývá, 1993), que ellos comisariaron, y mi parte les gustó mucho – yo en la calle, con una bicicleta de montaña, haciendo algo así como ejercicios de espartaquiada (las exhibiciones de gimnasia de masas de la era comunista) –. Una foto de aquello acabó incluso en la portada del catálogo de la exposición, y ese fue seguramente uno de los momentos clave; desde entonces no falté a sus exposiciones anuales. Otro momento importante fue mi primera exposición individual en la galería MXM (en 1998) y el hecho de que expuse allí, entre otras cosas, aquellas impresiones digitales, cuya impresora se agenció – de nuevo por suerte, como el primero del país – nuestro amigo Rosťa Němčík, de Petřvald, cerca de Ostrava. La compró, creo que de Hong Kong, antes que nadie en Praga.
En aquella época de libertad recién conquistada entrábamos, en realidad, tres generaciones a la vez en el circuito artístico: los de la generación de los años sesenta y setenta, nosotros de la generación de los ochenta y, poco a poco, también los diez años más jóvenes. Así que coincidíamos en distintas exposiciones con artistas de grupos como los Tvrdohlaví o 12/15, con los profesores de la AVU y de la UMPRUM (Academia de Artes, Arquitectura y Diseño de Praga) y, paulatinamente, también con sus estudiantes, y no cultivábamos ningún rencor intergeneracional – como sí ocurre hoy, a mi juicio –, sino que nos alegraba que la generación mayor fuera amable y receptiva con nosotros, y valorábamos su trabajo… Seguramente ni se nos habría ocurrido llamarlos boomers y despreciar sus opiniones. Supongo que no nos apretaba la competencia capitalista; el arte estaba entonces al margen del interés de la sociedad, y no había tantos artistas por metro cuadrado del país como hoy… Y, por último, la ayuda de Ivan Mečl y de la redacción de Divus, ya mencionada en otro punto de esta entrevista. También nos ayudaron en los inicios la directora de la revista Ateliér, Blanka Jiráčková, y la comisaria Milena Slavická. Además, las exposiciones en la Galería Špála, en varias de las cuales participé, y un proyecto para la Bienal de Venecia de 1999 con M. Juříková, futura directora de la GHMP (Galería de la Ciudad de Praga), y su apoyo posterior. Clave fue también mi colaboración ocasional con la galería MXM en Kampa y su segundo comisario, Jan Černý, aunque no fuera uno de sus artistas habituales. Y de muchas otras personas estupendas del mundo del arte y de artistas seguro que me he olvidado ahora…
Habla de suerte, pero ¿qué debía cumplir para que pudiera encontrarlo, para que comisarios destacados se fijaran en su obra y lo eligieran? Por cierto, recuerdo bien el catálogo de Umělec; en su momento fue para mí una revelación de un enfoque completamente nuevo, provocador y autoirónico.
Bueno, eso ya lo menciono en el párrafo anterior: esa buena gente que se fijó en mi trabajo desde el principio, y gracias a la cual me fui abriendo camino en Praga y, más tarde, también en otros sitios. Y gracias a que seguramente era distinto de los demás, algo que le debo a mi Ostrava y a mis amigos de allí…
¿Cómo era la escena del arte contemporáneo en Ostrava a principios de los noventa? ¿Qué lo llevó a participar en la construcción de infraestructuras como la galería Jáma 10, el festival internacional de performance Malamut o el grupo Přirození?
En lo que respecta a las artes plásticas, aquí no había casi nada. Solo la Galería Regional, con un programa anticuado; faltaban otras instituciones, como una galería municipal, escuelas de arte de nivel medio y superior, galerías pequeñas, una política de subvenciones, así que tuvimos que hacérnoslo nosotros mismos, al menos en lo que se podía. Galerías pequeñas (Fiducia, Jáma 10), el festival de performance Malamut, exposiciones colectivas y simposios en la mina Michal y en el Museo de la Minería, bajo el Landek, la revista Landek, exposiciones y programas en el club Černý pavouk («La Araña Negra»), incluido el cabaré Návrat mistrů zábavy («El Regreso de los Maestros del Entretenimiento») y la banda Vzhůru do dolů («Abajo, a las Minas») – eso ya en los ochenta –, el grupo Přirození, etcétera.
En 2001 representó a la República Checa en la Bienal de Venecia: de la «periferia» directamente al escaparate más prestigioso del mundo. ¿Cómo percibe, en general, la división entre centro y periferia? Según entendí de su performance con Petr Lysáček en el Ponavafest de este año, donde reflexionaron sobre sus experiencias tras volver de una exposición en Nueva York, esos centros no le importan demasiado…
Bueno, tras la beca de KulturKontakt en Viena, en 1999, ya me invitaban a algunas exposiciones internacionales comisarios europeos como Jan Hoet, Peter Weibel y Lóránd Hegyi, de modo que ya tenía cierta experiencia internacional antes de Venecia en 2001. También tenía muchos contactos en Polonia y en la ciudad hermanada de Dresde, y eso ya desde los ochenta. Así que íbamos tejiendo una red con grupos similares de artistas y de galerías pequeñas de Europa Central, y más bien en ciudades distintas de las capitales (Katowice, Cracovia, Wrocław, Poznań, Gdańsk, Opole, Bielsko-Biała, Zielona Góra, Dresde, Berlín, Düsseldorf, Colonia, Maribor, Liubliana, Rijeka, Dubrovnik, Lviv, Kiev, Minsk, Gotemburgo, Helsinki, Copenhague, etcétera). E ideábamos exposiciones conjuntas o nos invitábamos recíprocamente a sus artistas y ellos a los nuestros. Los mejores intercambios eran, seguramente, a festivales de performance por todo el mundo, incluida China, porque es lo menos exigente en cuanto a organización y financiación…

¿Puede acercar a los lectores las circunstancias de la beca vienesa de KulturKontakt? ¿Cómo se enteró de ella y con qué solicitó? ¿Cómo transcurrió?
En aquella época aún no tenía internet, seguramente nadie, así que como mucho el correo electrónico. De esta beca me enteré por Ilona Németh, a quien conocí en 1998 en una beca de la Fundación Soros en San Francisco. Ella estaba allí por otra cosa, pero coincidimos. Así que les escribí a finales del 98, envié un catálogo y una carta de motivación en inglés (es el procedimiento habitual) y me seleccionaron para una estancia en abril, mayo y junio de 1999. Y allí conocí, a su vez, a dos artistas ucranianos de Kiev, una pareja de artistas, que luego me recomendaron al galerista de la galería RA de Kiev. Yo los invité a Ostrava y ellos a mí a Kiev. Ya había expuesto allí antes, a través del Centro Checo, y en Kiev, cuando descubrieron que mi abuelo era de Kiev, pasé a ser para ellos un artista ucraniano que vive en Chequia, y expuse en varias muestras más. De manera parecida, a través de amigos polacos, acabé en la primera edición del festival de performance Navinki, en Minsk (1999), y luego una vez más en 2005. A Francia, Suecia y China me invitó, a su vez, el comisario Jonas Stampe, que fue organizando – y sigue organizando – festivales de performance en esos países. Y a él también lo conozco de Polonia. Etcétera. Por desgracia, tras la entrada de la República Checa en la UE en 2004, estas organizaciones (KulturKontakt, la Fundación Soros, el Goethe-Institut, Pro Helvetia, etcétera) trasladaron su apoyo más al este, y todo quedó en manos de las organizaciones checas y del apoyo estatal o regional, que hasta hoy no alcanza ni siquiera el nivel de antes de 2004. Y la presentación del arte checo en el extranjero ha decaído un tanto, a mi juicio. Pero la culpa es nuestra, porque no valoramos a nuestros artistas y subestimamos el arte checo… ¡y eso que es de primerísima!
¿Cómo se vende, en realidad, la performance? ¿Se consiguen vender fotografías de una acción como se vende un cuadro sobre lienzo?
Bueno, la performance se vende mal aquí; pondré unos ejemplos. Una vez me llamó Milan Knížák diciendo que compraría algún vídeo mío para la colección de la Galería Nacional. Así que les mandé en una cinta VHS todos los vídeos que tenía, para que eligieran… Luego, durante diez años no pasó nada, y con la nueva directora los vídeos aparecieron en la colección y se expusieron, registrados como donación del entonces director (M. K.). Por suerte, el nuevo comisario de la colección de arte contemporáneo resolvió la situación y compró una serie de impresiones de los noventa relacionadas con aquella época, y así me compensó. O: el Centro de Investigación de las Artes Visuales de la AVU (VVP AVU), de buena fe, produjo varios DVD con performances y videoarte, volúmenes del I al IV, en una tirada de unos cientos de ejemplares con fines educativos. Todas las instituciones los compraron por poco dinero para sus archivos y los tienen a su disposición, así que ¿por qué iban a comprarles lo mismo a los autores al precio de un cuadro, verdad? O el otro día me enteré de que cierto museo regional, según anunció su comisario jefe, va a dedicarse a formar una colección de videoarte checo… Genial, salvo que ese mismo comisario declaró que de momento no han adquirido nada, porque desde los noventa aquí no se ha creado nada bueno… Vaya, menudo sibarita, ¡o un idiota conceptual con anteojeras! ¡Espera a que sea de nivel mundial!
La región de Ostrava – su memoria industrial, su aspereza y su humor – se ha convertido para usted en tema y también en material. ¿Hasta qué punto está ligada su obra a esta región concreta? Tiene ocasión de declarar su amor por Ostrava…
Bueno, Ostrava, como ya he escrito arriba, es – o antes era – una áspera trampa industrial para las personas. Crecer en un entorno contaminado, lleno de clase obrera y de rufianes duros, dominado por funcionarios comunistas y, más tarde, por sus herederos, no es fácil, pero te curte para el resto de la vida… también para la artística. Hacíamos arte como autodidactas absolutos, sin mayor información sobre el estado del arte contemporáneo en el mundo, y por eso nuestra producción difería un poco de la de la capital, y para los comisarios extranjeros resultaba, muchas veces, más interesante por ello. Seguramente era también más «oriental», pero para ellos en una zona segura y más cercana… En mis conversaciones con el escritor Jan Balabán sobre mi trabajo de fin de carrera Papel matamoscas (Mucholapky) – en el que, sobre cintas de goma de las minas colgadas del techo de una nave fabril, había pegadas partes de la ropa de trabajo de los mineros – constatamos que, si Ostrava se te incrusta en la personalidad, no puedes abandonarla sin «perder un miembro», igual que una mosca en el papel matamoscas…

¿Y qué significa para usted Brno, la segunda ciudad de Chequia?
Bueno, mi abuelo Vladimír Lozinskij, nacido en Kiev en 1900 en una familia polaco-checa, se convirtió, tras la revolución de 1917 y la llegada de los comunistas a la Rusia zarista (de la que Ucrania formaba parte por entonces), en legionario checo y luchó contra los rojos en Siberia. Tras la fundación de Checoslovaquia y la salida de las legiones de Rusia, durante los años veinte los legionarios fueron zarpando de Vladivostok en distintos barcos, a través de Japón, China, Canadá, Estados Unidos y Francia, hacia Bohemia (mi abuelo llegó en 1926). Se instaló en Brno y llegó a ser secretario del Partido Popular en Brno. Se casó con mi abuela (ella era de los alrededores de Třebíč). Vivieron encima del pasaje Typos, en el centro de Brno, hasta 1945. Después, como el NKVD detenía a las personas de origen ucraniano, se trasladó a los Sudetes, donde en Svitavy fue también secretario del Partido Popular. Por desgracia, en 1948 lo detuvieron los comunistas checos y murió en 1952. Así que ahora está enterrado en Brno, en el Cementerio Central, en la parte más antigua. Con el grupo František Lozinski o.p.s. (sí, es también el abuelo de mi primo Petr Lysáček) grabamos un videoarte en el que lo buscamos, con el perro Emil, en el cementerio de Brno…
Ah, y también hice el servicio militar en Brno en 1981-1982 (en el hospital militar de Zábrdovice, como sanitario y soldado de reemplazo, entonces de dos años). Brno me gustaba; íbamos allí a la taberna U Pavouka, cerca de la Zbrojovka, en un barrio fabril bastante parecido a Ostrava, lleno de gitanos trasladados a Brno precisamente desde Ostrava-Vítkovice… Por entonces iba también a las funciones del Divadlo na provázku (Teatro del Hilo), a la Casa del Arte, y en verano al jardín del Morgal (la Galería de Moravia). De uniforme teníamos entrada gratuita, pero debíamos sentarnos delante y, a una señal, levantarnos de un salto, alzar los brazos, hacer de árboles y agitar los brazos como copas de árbol. Eso despertó, seguramente, mi interés por el teatro no convencional y originó mi ambición en el terreno del cabaré y la performance.
A Brno me gustaba volver. En la Casa del Arte trabajaba el tercer miembro de nuestro grupo de performance, František Kowolowski, originario de Jablunkov, en los Beskides, que organizaba el festival de performance A.K.T. Desde mis años de estudiante conocía también a la pareja de artistas de Brno Blahoslav Rozbořil y Josef Daněk, y por supuesto a Václav Stratil – entonces todavía oriundo de Olomouc y residente en Praga (aunque aún más tarde residente en Brno) – y a los performers Tomáš Ruller y Káča Olivová (entonces todavía estudiante de la FaVU, la Facultad de Bellas Artes de Brno, más tarde galerista en Umakart). Etcétera. Tampoco puedo olvidar las actividades de Zdeněk Plachý, las exposiciones en la Skleněná louka (Pradera de Cristal) que él gestionaba, la participación en los proyectos televisivos que dirigía (Artistas por la OTAN…), donde coincidíamos con otros artistas de Brno y performers ocasionales y figuras de la bohemia brnense (el Dr. Zavadil, Marian Palla y muchos otros).
Durante muchos años dio clases en el departamento de intermedia de la Facultad de Arte de la Universidad de Ostrava. ¿Intentaba convencer a sus estudiantes de que se quedaran en la región, o, al contrario, los enviaba al mundo? ¿Qué les decía sobre la «carrera» en el arte?
Comprendía que la mayoría de los egresados se verían obligados, por motivos de subsistencia, a dejar Ostrava y salir al mundo, y a los que se quedaban los apoyaba con exposiciones en la galería Jáma 10. Y me alegraba por los que se abrían camino en Praga y en otros sitios… Les aconsejaba cómo abrirse paso – incluso con un escándalo, con performances –, no quedarse al margen del acontecer social, hacer arte comprometido. Pero según fuera el carácter de cada uno: eran distintos, y los consejos, en consecuencia.
Si compara la escena de Ostrava de hoy con la de los noventa, ¿ha evolucionado como esperaba? ¿Es hoy más fácil o más difícil para un artista joven de fuera de Praga abrirse camino que entonces?
Bueno, pensar que, si te quedas en la región, te vas a ganar la vida enseguida con tu arte es ingenuo. Y encima, quizá, fundar una familia al mismo tiempo. Hay que buscarse algún empleo para poder sacar adelante, a la vez, la propia obra. Por eso, tras diez años de miseria y penuria, también yo me puse a dar clases a los 43. Pero ya no fundé una familia… lo cual es, seguramente, un precio demasiado alto por un éxito relativo…

El matrimonio o la familia son, de por sí, empresas exigentes. Si pudiera decidir de nuevo y de otro modo, ¿compartiría algo sobre lo que los jóvenes egresados pudieran reflexionar?
Bueno, por lo que hablo con mis colegas «del gremio del arte», las mujeres tienen una jerarquía clara, a diferencia de los hombres (o al menos la tenían): 1. la relación y el amor, 2. la familia y los hijos, 3. el trabajo y la carrera. Nosotros, los hombres, más o menos así: 1. el trabajo y la carrera, 2. luego todo lo demás. Pero no sé si esto también está cambiando con el creciente feminismo y el cambio de prioridades; quizá ya sea al revés y lo tengamos igual, así que probablemente nos extingamos o nos reproduzcamos menos, porque la humanidad ya está alcanzando su número máximo, y a la oligarquía gobernante los coches lujosos y rápidos empiezan a no servirle de nada, porque se quedan atascados en ellos en el mismo atasco que la plebe en sus coches baratos de segunda mano… Lo cual es, desde luego, una catástrofe. ¡Y la inteligencia artificial pronto también estará hasta la coronilla virtual de nosotros!
¡Bueno, ya veremos! ¡Gracias por la entrevista!